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Crianza

La Crianza de los Niños

Los niños eligen como padres a los seres que son capaces de brindarles las experiencias y el aprendizaje que están buscando a nivel espiritual.

Los niños y niñas, como todos nosotros, son seres íntegros, honorables y absolutamente capaces de crear su propia experiencia en La Tierra.

Durante los primeros tres años de vida, ellos habitan en el aura de papá y mamá, es decir, viven dentro nuestra consciencia y absorben cada una de nuestras emociones, de manera que lo que les transmitimos en la infancia es almacenado en su aura y orienta en gran medida la construcción de su personalidad y las creencias que predominarán en sus vidas adultas.

Los niños son seres con gran curiosidad por descubrir su entorno.

En este proceso, los padres seremos sus guías y formadores, o deformadores, según sea el caso. Por ejemplo, a veces ocurre que, con la intención de preservar su integridad intacta, los adultos procuramos protegerlos de los posibles riesgos del ambiente, sin embargo, la mayoría de las veces hacemos esto partiendo de emociones negativas. Imaginemos que un bebé acerca su mano al fuego, ¿qué hace el adulto más cercano?

Probablemente nuestra respuesta sería soltar un grito o un regaño, de modo que en vez de mostrarle una enseñanza, le compartimos nuestro miedo y le transmitimos la idea de que el mundo es un lugar amenazante.

Como parte de la crianza, intentamos mostrarles a nuestros hijos lo que consideramos bueno para ellos; no obstante, los conceptos de “bueno” y “malo” posteriormente se convierten en etiquetas con las que juzgamos las acciones de nuestro hijo.

Al decirle “Eso es malo” o “Esto que hiciste no está bien”, estamos atribuyendo un valor negativo a su experiencia, y al imponer el valor de nuestra experiencia sobre la suya, invalidamos su facultad para experimentar y hacer elecciones; y en ese caso ¿Cómo podría nuestro hijo convertirse en un adulto con uso pleno de su libre albedrío?

De igual manera, cuando les exigimos que actúen de acuerdo a lo que nosotros consideramos correcto condicionamos el amor que les ofrecemos al cumplimiento de nuestras expectativas. Por ejemplo, si forzamos al niño a buscar constantemente nuestra aprobación, estamos fomentando que desarrolle una baja autoestima porque nuestro hijo aprenderá que merece ser castigado si no consigue complacernos y que su valor como persona depende de la valoración de quienes lo rodean.

La confianza y el honrar.

Cabe aclarar que confiar en nuestros hijos y honrar su libre albedrío no quiere decir que les permitamos hacer cualquier cosa que ellos deseen, pues nuestra función como padres es guiarlos en el descubrimiento de sus preferencias, enseñándoles a honrar las preferencias de otros y mostrándoles las posibles consecuencias de sus actos.

Guiar con base en “preferencias y consecuencias”, implica compartir nuestros gustos con los niños, invitándoles a probar la experiencia por sí mismos pero permitiéndoles generar su propia opinión. Mostrémosles que las acciones no son buenas o malas, sino que pueden gustar o desagradar a los otros.

Por ejemplo, si le explicamos que si toma el juguete de su amigo sin pedírselo prestado podría ocurrir que su amiguito se moleste, que ya no quiera jugar con él o que le pierda la confianza, entonces, conociendo las probables consecuencias de su conducta, nuestro hijo estará más preparado para tomar sus propias decisiones, lo cual es más enriquecedor que decirle simplemente “no tomes el juguete porque está mal”.

La base de toda relación está en la manera en que nos comunicamos.

En el caso de los niños es sumamente favorable establecer una comunicación horizontal, es decir, no hablarles desde la autoridad, sino desde la empatía.

Ponernos a su nivel, conocer sus argumentos y preguntarles cómo se sienten y qué opinan, nos facilitará establecer acuerdos con ellos, porque al considerar sus emociones, les haremos sentirse partícipes de sus propias decisiones y estaremos honrando su experiencia de vida.

Los niños empiezan a vivir aprendiendo de todo a su alrededor y los padres somos sus guías, no sus amos, en ese maravilloso proceso. Para confiar en ellos, basta con confiar en nuestra propia naturaleza divina y recordar que nuestros hijos nos eligieron para acompañarlos en su experiencia en la Tierra porque quieren aprender de nosotros, igual que nosotros podemos aprender con ellos.

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Harold Moskovitz

“Más que impresionar, mi intención es de inspirar a la gente para que se conozcan a sí mismo. El ser maestro implica tener discípulo, yo prefiero tener alumnos a quienes motivar para que crean en ellos mismos, ya que lo que ven en mi, está en todos.”